Maradona de carne y hueso, por Francisco Javier Posadas

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“Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”

Diego Maradona  

 

Sería un despropósito para quienes somos contemporáneo de Maradona y lo vimos jugar, pasar desapercibido su fallecimiento. Nunca fue una persona de grises, era negro o blanco, como él mismo se describía. Radical en sus conceptos, como en su comportamiento. Errático en su personalidad y de talento excepcional en su profesión de futbolista.

Maradona como muchos personajes de la vida moderna y de todos los tiempos, tienen sus tiempos y sus circunstancias. Se manifiestan en el escenario colectivo, por sus logros y por sus escándalos. Todo lo que hacen, y en particular sus escándalos, intentan saciar el apetito voraz de una sociedad que consume y devora todo lo humano. Las celebridades son el espejo de sociedades que marcan épocas. Sociedades ávidas de sensaciones y sentimientos humanos primitivos, para aligerar las propias desgracias, a través de las odiosas comparaciones.

Maradona fue un niño que creció en las zonas pobres de Buenos Aires, con un destino definido por su propia personalidad y talento innato. Su objetivo lo trazó en la tierna infancia y simplemente lo dejó manifestarse con el deporte, en un país donde sabemos que el futbol, es poco más que una religión y que él, con sus logros, fue capaz de crear un remedo.

Pero al final del camino, es menester manifestar que sois vos, un hombre de carne y hueso, y como tal, el final llega como a todos. Y pasas a los confines de la leyenda por el legado de una actuación y logros deportivos.

Hombre de altibajos, de contrastes, de contradicciones, pero sobre todo de comportamientos y conductas llevadas a límites extremos, “se equivocó y pagó”, en sus propias palabras.

Es probable que no sea un ejemplo a seguir por sus características como persona y menos como deportista, porque los talentos innatos, se reciben de la naturaleza y de nadie más. Es cuando queda más claro que cada individuo es único e irrepetible.

Maradona vivió, porqué tuvo de todo, adversidad, reveses, triunfos, gloria, humillaciones, reivindicaciones y ocaso. Y lo que nunca perdió, fue la admiración de sus seguidores por la fantasía y magia de su juego con la pelota. Festejaban todo, incluso su personalidad desbordada.

Fue relegado del mundial realizado en Argentina en 1978, por el flaco Menotti, logrando el primer campeonato mundial de fútbol de ese país. Su primera gran decepción. Poco tiempo después, fue campeón mundial juvenil en 1979 con la selección Argentina, convirtiéndose en la gran figura y esperanza del futbol argentino. En 1982 en España, sufrió su primera decepción en un mundial mayor, al ser eliminado en octavos de final y expulsado en el último partido contra Brasil. Expulsado por cierto, por un árbitro mexicano, Mario Rubio.

Su gran momento llegó en el mundial de México 1986. Ahí dejó una huella muy parecida a la que dejó el Pelé de 1970 y ambos se convirtieron en leyendas del futbol a partir de ese momento.

En ese mundial se convirtió en figura preponderante de un equipo dirigido por Carlos Salvador Bilardo y que simplemente le dijo: “dame un mes de tu vida, para hacerte campeón del mundo”. Lo lograron venciendo a Alemania de Beckenbauer 3 -2, en una final cerrada, con una Alemania, que como siempre, se mostró dispuesta a pelear hasta el último momento.

Fiel a su personalidad, el mundial 86 no estuvo exento de escándalos, en cuartos de final, contra Inglaterra, metió un gol con la mano de una manera impúdica, ante la complacencia de un árbitro inepto y todo un país argentino que aplaudía tanto sus glorias como sus desfiguros. Después del gol con la mano, volvió la magia con un gol increíble, donde dribla a la mitad del equipo inglés y con pierna cambiada, remata a boca de jarro, después de dejar tirado al portero inglés,  Peter Shilton.

Llegó a Europa al Barcelona, donde tuvo un paso efímero y sufrió la lesión más grave de su carrera. Pero su clímax llegó cuando el Napoli lo contrató y desarrollo todo su potencial, convirtiendo a la ciudad en un bastión de Maradona y Careca, logrando el último Scudetto del equipo napolitano hace ya 33 años, en 1987.

La ciudad no solo lo llevó a la máxima palestra del fútbol, también cayó en las adicciones y autodestrucción.

La conclusión de su carrera en los mundiales, terminó en un escándalo de doping positivo en 1994. En 1997 se retiró como futbolista profesional y pronunció aquella famosa frase: “me equivoqué, pagué, pero la pelota no se mancha”

Aún con todas las contradicciones, fue entrenador de la selección argentina en 2010, pero no logró nada comparado con lo logrado como futbolista y fue eliminado en cuartos de final por los alemanes con un contundente 4 a 0.

Sus últimos años fueron matizados por los problemas de salud, adicciones y deterioro derivado de los excesos. Y México lo recibió en el equipo de Culiacán, Los Dorados, donde logros dos subcampeonatos, derrotado por cierto por el San Luis, el equipo de nuestra ciudad, que con esos triunfos logró el ascenso a la Liga MX.

Su muerte, completa el ciclo vital de un hombre de carne y hueso, manifestó a su máxima expresión, la naturaleza humana, con todas sus cualidades, virtudes, talentos innatos. Pero también matizada por los demonios propios de todo ser humano, exacerbados por el éxito, la fama y la debilidad para controlar la propia existencia.

Descansa en paz Diego Maradona. Sois vos un extraordinario futbolista y al final, un hombre de carne y hueso. Acá, seguirá rodando la pelota.