Las “transformaciones” en México y sus secuelas. Por Francisco Javier Posadas

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“No sé si la instrucción pueda salvarnos, pero no se dé nada mejor”.

(J.L. Borges)

“México, no ha tenido transformaciones. Son un mito”.

El 22 de febrero de 1913, con el asesinato de Madero, inicia la verdadera Revolución Mexicana. Acabar con el poder de Porfirio Díaz, fue relativamente sencillo, un líder político decrépito, harto de gobernar y en el ocaso de su existencia, abandonó el país a su suerte, cuando percibió la mínima amenaza a su integridad. Madero un demócrata y mártir del movimiento, pagó un altísimo costo por su ingenuidad y su incapacidad para gobernar y ejercer el poder en un entorno convulso. Un entorno con un fuerte tufo a Porfiriato, enraizado hasta las entrañas de la nación y una frágil sino es que inexistente estructura social, con capacidad para manejar el país.

La vieja historia de vacío de poder, se repite cíclicamente y los próximos 20 años, a partir de 1913, marca el periodo de lucha interna, canibalezca para retomar el poder. Varios años de guerra revolucionaria, asesinatos políticos de Madero, Zapata, Ángeles,  Carranza, Villa y Obregón, dejó un país humeante, herido, destruido y sin recursos, con una estructura social paupérrima, ruralizada y sin posibilidades de crecimiento a corto plazo.

Los capitales huyeron del país y hasta 1917 que se promulga la constitución actual, las aguas se calmaron aunque no del todo, tal vez hasta al asesinato de Obregón en julio de 1928, las pugnas acabaron. El asesinato dejó como secuela y resaca, el Maximato de Calles, que terminó en exilio por sus tentaciones incontrolables de poder y el apetito por perpetuarse en la silla presidencial. Esa conducta, la dejó el Porfiriato en los genes de muchos mexicanos formados en la segunda mitad del siglo XIX. La tentación se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XX. Y puede continuar en el siglo XXI. Parece ser que el apetito insaciable por volver a la tiranía, ha sido la característica de nuestros caudillos más emblemáticos, ávidos de poder. Sin embargo, después de una década de traiciones, asesinatos políticos y vacíos de poder, entendieron que no era matándose, en el México bronco, como se arreglarían las cosas. Se crea un partido político en 1929, el partido nacional revolucionario, abuelo del PRI y con ello se apagan las carabinas, se incluyen todas las corrientes y se unifica el sentido del poder político en una competencia institucionalizada, aunque no democrática, que evitaba cambiar el poder con asesinatos y se adaptó a una competencia interna corporativa. Qué dio origen a la dictadura perfecta. Término acuñado por el hoy indeseable, Mario Vargas Llosa.

De ese cambio político, surgió Lázaro Cárdenas, primer presidente de México después de la revolución, que sin duda enarboló por única ocasión, los sentimientos de la nación que dieron origen a la Revolución Mexicana. Un gobierno de izquierda, sensible, abocado con pasión al interior del país, con una obsesión política por el reparto agrario y una visión social que sentaría bases para una reconstrucción nacional. Logró además algo insólito en materia de soberanía, nacionalizar el petróleo. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, también hubo errores, el principal factor negativo, fue el asistencialismo y corporativismo que inhibía la competitividad y productividad, sumados a la incapacidad gubernamental y la corrupción que matizaba el entorno de las instituciones. Lo que parecía un punto de inflexión que intentaba reducir la desigualdad, repartir tierra a campesinos para generar riqueza y el impulso de políticas sociales más justas. Estos buenos deseos se descompusieron por una sucesión desaseada y nada democrática. Cárdenas temía que asumiera el poder la derecha reaccionaria. La Derecha se apagó por la jugada de Calles, de formar un partido que los excluyó y tardaron en adaptarse a los nuevos tiempos. Crearon su partido, el pan, en 1939. Partido de derecha, integrado por empresarios que se oponían abiertamente a las políticas sociales del cardenismo.

La sucesión de 1940, trajo la imposición de Manuel Ávila como el último presidente militar postrevolucionario, un hombre conciliador, que le ganó la carrera y el primer dedazo al General Francisco José Múgica, paisano del General Cárdenas,  más que por méritos, por ser, Múgica, aunque más talentoso, también más radical. Con Ávila, inició el periodo de apogeo del sistema político actual de México. Su gestión fue poco trascendente en la historia, por desarrollarse durante la segunda guerra mundial. México se suma a los aliados contra el eje fascista. Sin duda un acontecimiento que beneficio al país, ya que además de no combatir, permitió un crecimiento, al incrementar las exportaciones a países en conflicto.

En 1946 fue electo el primer presidente civil del periodo postrevolucionario. Un ejecutivo que impulsó el desarrollo industrial y económico; pero también institucionalizó la corrupción, la simulación política, el corporativismo, los sindicatos corruptos y charros y concentró el poder presidencial más que nunca. Como ironía, en ese periodo se creó Ciudad Universitaria, hoy ícono del país como máxima casa de estudios. Este periodo ha sido uno de los más nefastos que se ha tenido en la historia moderna. En las instituciones públicas aun hoy en día, permea la corrupción institucionalizada, negocios y enriquecimiento a expensas del poder político. La corrupción siempre ha matizado el comportamiento colectivo desde la colonia, pero este es el momento de la institucionalización de la corrupción como modus operandi del gobierno. Se profundizó, derivado de la impunidad y manejo político de la justicia, que pasó a ser un adorno servil del poder unipersonal y autocrático del presidente en turno.

El sistema formó una red que favorecía y estimulaba el corporativismo, un gobierno centralista, autoritario y antidemocrático como parte de la tradición nacional. De 1940 a 1970, el sistema vivió su época dorada, presidentes que replicaron el ritual creado por el nuevo sistema. Abocado a crear instituciones, industrializar el país y lograr el ansiado crecimiento económico. Y en realidad se logró, de 1958 a 1970, México creció a un  6-7% anual. No fue suficiente y así, es inevitable que a todo sistema autoritario le aparezcan grietas. En 1968, un acontecimiento social cambió de manera abrupta el escenario del sistema. Cuando jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional, se revelaron ante el autoritarismo y falta de sensibilidad del gobierno central y las autoridades hacia las demandas ciudadanas. La capital del país fue el escenario. La matanza incontable de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, por un grupo paramilitar que operó con saña y una implacable represión social fue la respuesta a demandas legítimas. El rechazo social a la represión, no se hizo esperar y dejó como secuela, consecuencias irreversibles para el gobierno. Fue sin duda, el principio del fin de un sistema agotado. Aun así, se mantuvo en el poder cinco sexenios más, con enormes problemas, crisis económicas y gobiernos que llevaron la corrupción, nepotismo, excesos y cinismo político a niveles de excelencia. Eventos que definieron ese negro periodo de las últimas tres décadas del siglo XX. La contraparte, una sociedad pasmada y resignada que temía manifestarse, por el temor a represiones de la magnitud de los acontecimientos de 1968.

De ese acontecimiento histórico, vino la fractura. Una estructura monolítica, anquilosada, solo puede cambiar cuando el cambio viene del interior. El sistema se fractura en 1987 en su columna vertebral. La disidencia al interior del PRI, creó un movimiento social de dimensión nacional.

El movimiento de 1987, encabezado por el hijo de Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas y algunos seguidores, cimbraron el partido monolítico. Pero hoy,  al paso de los años, es evidente que un sistema, para ese momento, de casi 60 años de poder absoluto, no cae tan fácilmente. En 1988 aun con el control de los órganos electorales, el gobierno impidió el avance democrático del país y el sistema tomó la presidencia a través de un fraude descomunal y propició un descontento social, que gracias a la actitud para algunos, tibia de Cuauhtémoc Cárdenas, para otros, patriótica, el país no se levantó en armas. A partir de ese periodo, se desata una lucha encarnizada, entre el sistema  con su clase política corrupta, podrida, abusiva y cínica y una sociedad cada vez más descontenta, pero a la vez desigual y en ocasiones sin esperanza para cambiar la situación.

Cuando se mantiene un control unipersonal del sistema, se controlan las cámaras del congreso, se politiza la justicia y el poder económico vive un maridaje con la política, un país sencillamente no puede crecer y menos evolucionar hacia un estado de derecho y de derechos. Partidos políticos que sólo legislan beneficios para la clase política y para algunos grupos de empresarios insaciables y abusivos, un país está lejos de crecer. Se crean instituciones ineficientes, onerosas y corruptas. Todo esto, enmarcado en una sociedad sin acceso a servicios elementales de calidad, como salud, educación, vivienda y empleo.

Esta parte fue la más grave, el país dejó de construir ciudadanía, en un mundo que evolucionaba a pasos agigantados, tecnología, comunicaciones, comercio y globalización, México permaneció cerrado al mundo y su evolución.  Sus grandes masas de jóvenes despreciadas en escuelas de mala calidad, sin acceso al idioma inglés y con nulo desarrollo de talentos. Todo en contra, y los pocos, escasísimos mexicanos que llegaron a ser exitosos a nivel mundial, fue derivado en la mayoría de los casos por esfuerzo personal con una adversidad infinita, y aun así, prosperaron en un sistema podrido y un caldo de cultivo de corrupción y abandono del derecho y los derechos de las personas.

Hoy, el país cosecha décadas de abandono, una sociedad polarizada, crispada, con enormes dosis de resentimientos y odios acumulados. Permea el clasismo, discriminación y desigualdad. Pero también está latente la esperanza de esa gran reserva humana de valores y cualidades personales y colectivas escondidas pero vivas, que esperan el resurgimiento de un México nuevo, ese México noble y generoso, que vive dentro de nosotros. Que pide a gritos estado de derecho y educación.

El entorno social y el caldo de cultivo en el que han nacido, crecido y nadado las ultimas 4 generaciones de ciudadanos en México, esta matizado por la corrupción e impunidad. Legislar, significa solo intereses de quienes legislan y sus incondicionales. Los ciudadanos deberán esperar.

Por todo esto, no es aventurado creer que las conductas colectivas e individuales las portamos en los genes, después de 300 años de esclavitud, guerra de independencia, guerras fratricidas, caudillos, caciques imbéciles, pérdida de la mitad del territorio, reformas, dos imperios, vacíos de poder, una tiranía  y la más grande y ultima secuela:  casi 8 décadas de dominio de un solo partido, dos caricaturas de gobiernos panistas, corrupción institucionalizada y una sociedad frágil, débil ante los embates del sistema podrido pero represor. Las consecuencias están a la vista.

El último eslabón en los daños, fue la absurda guerra al narcotráfico, sin estrategia, visión política y fortalecimiento del estado de derecho. Resultados: decenas de miles de muertos y desparecidos, un crimen organizado que ha tomado el país y un gobierno desorganizado e incapaz de garantizar un mínimo de seguridad a las personas.

Hoy, en el primer año del nuevo régimen a partir del 1 de diciembre de 2018, se han planteado promesas y despertado enormes expectativas, todo apunta a que habrá cambios, que no transformación. No se observa en los hechos, capacidad del gobierno. Se requiere un gabinete capaz, poderoso, liberal que propicie los cambios que requiere el país. No han formado cuadros con visión de largo plazo, en un mundo cambiante, diferente, moderno y su indiferencia hacia las capacidades académicas y talentos personales tendrá un costo. Es importante aceptar, que tampoco es garantía una formación académica sólida para realizar los cambios con sensibilidad y ética. Tenemos mexicanos graduados en Harvard y Yale, con perfil de capos, que han saqueado las arcas nacionales.

El presente gobierno, se observa como un proceso de transición que deberá sacrificar todo su capital político para cambiar profundamente el país y sentar las bases para una democracia plena y sobre todo, formar personas que tomen la estafeta, la etapa de caudillos debe ser superada por salud política. El trabajo inmediato es tener bases sólidas para formar las siguientes generaciones de mexicanos con otro perfil político, ético, intelectual y social.

La transformación está por verse. Esto no es de intenciones, es de capacidad, talento y sabiduría. Los ciudadanos que impulsaron el cambio deben mantener la actitud crítica como acto de congruencia, si se tuvo esa actitud con un régimen autoritario y represor, no es congruente cambiar con un régimen que se define como liberal, que respeta los derechos y libertades de los ciudadanos. A ver si es cierto.

México ha estado antes en esta situación y los cambios profundos no llegaron, las resistencias son poderosas. México no ha tenido transformaciones, solo eventos traumáticos, que cambian el poder de manos. Pero en ninguna caso ha quedado el poder en manos de los ciudadanos, único depositario legítimo.

Secuelas:

  • Las secuelas de la conquista: Mestizaje, saqueo, una iglesia abusiva y 300 años de esclavitud.
  • Las secuelas de la independencia: Fueron 50 años de guerras internas, pérdida del 50% del territorio, dos monarquías y una Guerra de Reforma.
  • Las secuelas de la Reforma: Un país en bancarrota y el surgimiento de una dictadura que tomó el poder durante 34 años y generó una revolución.
  • Las secuelas de la revolución: Tres presidentes asesinados, millones de muertos y el nacimiento de un partido de estado que saqueó y pudrió el país durante casi 80 años. Y se suman las decenas de miles de muertos por la guerra al narcotráfico.
  • Si esta es la cuarta transformación, la incertidumbre lógica es la secuela que dejará. Los números y antecedentes definitivamente no ayudan. Solo puede ofrecerse como a todos, el beneficio de la duda.

Es evidente que un sistema no cambia con rapidez ni con facilidad. Y el país no requiere cambios superficiales. Se requiere una visión de largo plazo y alianzas políticas que mantengan los planes ajenos a ideologías.

Debe plantearse con claridad, un reordenamiento de instituciones, para convertir a México, en un país de derechos y libertades, pero sobre todo con una capacidad competitiva para el mundo globalizado. La democracia tiene costos, el más importante, permitir que los ciudadanos cambien el gobierno y sus políticas, cuantas veces sea necesario.

Formar ciudadanía, permitirá detonar la expresión del talento mexicano a nivel global, llevará varias generaciones recuperar los escenarios. Para ello, es indispensable integrar un  nuevo sistema social y formar con otro enfoque, las próximas generaciones de mexicanos. La única palanca de desarrollo que se conoce en el mundo para lograrlo, se llama educación de calidad. Ese es el verdadero reto, formar capital humano y social.

Es preocupante que no se tenga una visión colectiva de país, hay una polarización de intereses, arrastrada por la profunda desigualdad histórica. El evidente desprecio de la clase política por los ciudadanos postergó derechos y libertades. El escenario social, inhibe el respeto a la ley como valor esencial. En ese sentido, México sigue siendo un país con un atraso democrático, social y cultural. La secuela histórica de un sistema