El relevo generacional, por Francisco Javier Posadas

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 “No es lo mucho que tenemos sino lo mucho que disfrutamos, lo que hace la felicidad”.

(Charles Spurgeon).

“Soñé que vivía. El placer exquisito de la vida esperada, sin temores, sin rencores, solo anhelos”.

(FJPR).

 

Ayer, 30 de septiembre de 2020. Amanecimos con la noticia de que, Quino, creador de Mafalda, falleció a los 88 años de edad. Y hay todo tipo de manifestaciones de duelo, porque si en algo podemos coincidir todos los que alguna vez leímos sus pequeñas tiras y reflexiones brevísimas, es que su filosofía existencial, estaba desprendida de toda pretensión y su curso de pensamiento infantil, reflexivo, sensato, integro, ajeno al poder, solo podía ser producto del pedacito de niña que Quino creó y engrandeció dentro de él, para expresar toda su creatividad y genialidad en imágenes sencillas, pero cargadas de una profunda sabiduría. Quino, siempre alimentó el espíritu humano, ese espíritu que requiere integridad, trasparencia, esperanza, visión clara, compasión y solidaridad con todas las causas justas.

 

Se puede afirmar sin duda. Quino nos enseñó a mantener esa conversación íntima, personalísima, simple, trasparente, con nuestro niño o niña interior. Ese personaje que vive dentro de nosotros y se niega a callar o desaparecer. Nos jala, nos susurra y se convierte en la consciencia insobornable que, el entorno y sus intereses, se empeñan en corromper. Con frecuencia, hay que volver a hablar con esa niña o niño y con esa consciencia. Su pureza, nos lava el alma, como lo hacen las lágrimas y nos recuerda que somos humanos, libres, sin temores y podemos ser personas buenas. Sin olvidar que somos finitos, en un viaje sin retorno. Podemos recordar, vivir y hablar con nuestra niñez y como única consigna, debemos renunciar a regresar.

 

Es evidente que la única certeza que tenemos como humanos, es que somos finitos, la incertidumbre de ¿cuándo y cómo?, es el velo inalcanzable, que la naturaleza ubica siempre frente a nuestra consciencia, para obligarnos a seguir avanzando.

 

En años recientes, como a todas las generaciones que nos preceden, empieza a aparecer la luz al final del camino. Esa percepción consciente, saludable y obligada. Nuestro ciclo se cumple y se acerca, ahora sí, el momento de enfrentarnos al momento definitivo. Estar en ese último episodio, en el otoño de la existencia y esperando con esperanza y serenidad el invierno. Disfrutar la exquisita sensación de haber vivido sin pensar en el tiempo y sin pensar en llegar a este momento, nunca inesperado, pero sí definitivo. Así es la vida, una sucesión infinita de sensaciones, vivencias y estados de ánimo. Qué, sin darnos cuenta, acumula momentos de felicidad y desdicha que se aquilatan en un equilibrio exacto, que nos permite decir: hemos vivido, cada quien a su manera y cada quien bajo sus circunstancias personalísimas, únicas e irrepetibles. Tenemos consciencia clara, la cosecha es abundante, más allá de lo material, las vivencias compensan todo esfuerzo y traen sonrisas al rostro.

 

La naturaleza y el tiempo, son aliados o enemigos invencibles. Tienen ambas facetas, no debemos enfrentarlos pero tampoco evadirlos, simplemente hay que aceptarlos con humilde y resignación; y agradecer que hemos vivido, algunos ya, con cierto grado de longevidad.

Expresión propia son el cumulo de recuerdos, personas y sentimientos que nos acompañan y generan una agradable nostalgia que marcan nuestro destino. La placentera sensación de recordar, a través de la única esencia y valor de la vida, el tiempo.

 

El dato duro más intenso, es cuando despertamos y empiezan a desparecer, todos los íconos que marcaron nuestras vidas. Así es la existencia, primero nos da a raudales, una niñez llena de dudas, una juventud hermosa llena de incertidumbres, una madurez llena de respuestas. Después, poco a poco va quitando. Una vejez que estamos por conocer,  mermando hasta agotarnos totalmente y terminar como inició, un nuevo ciclo, en nuestra descendencia y legado.

 

Esos íconos que parecían eternos, nuestros progenitores, hermanos, compañeros, amigos, familiares, maestros, ídolos, guías, ejemplos a seguir, cumplen estrictamente el ciclo de todo ser humano,

 

En años recientes nuestra generación, llamada «Baby boomer», quienes nacieron entre 1946 y 1965, ha perdido a casi todos los exponentes que dominaban el mundo durante nuestros años más intensos. Todos nacidos en la posguerra, un mundo en plena transformación del orden social.

 

Esos personajes que marcan la cultura, la historia y anhelos de generaciones y nos hacen ser, lo que ahora somos. Nos marcan, moldean, impregnan su influencia, son quienes tuvieron el poder de convocatoria. Sus ideas, creaciones, lenguaje, conducta, música y valores, viven en nosotros.

 

En el contexto global, crecimos con los Beatles, los Rolling Stones, Garro, Neruda, Salvador Allende, Octavio Paz, Fidel Castro, el Che, Luther King, Doors, Elton John, Nadia Comaneci, Gabo, Pelé, Maradona, el Papa Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Margaret Thatcher, Gorbachov, Mandela, Fredy Mercury; y por supuesto, Quino con su genial Mafalda.

 

Y en nuestro país, marcados por entornos creados por seres mitificados, a imagen y semejanza del sistema que dominó el país durante 84 años y que hoy, llega renovado con una mutación más dañina que el viejo régimen, también ha tenido sus íconos que aun hoy, muchos añoran y recuerdan.

 

En el contexto nacional, crecimos con imágenes tatuadas, añorando y admirando la cultura Azteca, sus Tlatoanis y monumentos de piedra y jade. Renegando por la esclavitud de 300 años de colonia española y la perdida de la mitad del territorio nacional, redimidos por una independencia y una revolución que parecía hacernos justicia, hasta que descubrimos que el enemigo, somos nosotros mismos, representados mejor que nadie, por el villano favorito, Porfirio Díaz. Que competía en popularidad como villano, con nuestros héroes: Hidalgo, Morelos,  Juárez, el Nigromante, Madero, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Felipe Ángeles y Lázaro Cárdenas.

 

Con esa infancia cargada de contradicciones y mitos, nos marcaron personajes como Pedro Infante, Jorge Negrete, Dolores del Río, Gloria Marín, Sara García, Los Hermanos Soler, Javier Solís, el Ratón Macías, La Tota Carbajal, el Púas Olivares, El Tibio Muñoz, José Alfredo, Agustín Lara, Manzanero, María Félix, Cantinflas, Daniel Bautista, Juan Gabriel, Hugo Sánchez, Fernando Valenzuela, Julio César Chávez, Monsiváis, Soraya Jiménez, José José y Oscar Chávez.

 

Fueron algunos ejemplos de íconos que marcaron esas dos generaciones que nos acompañan y preceden como pasado inmediato. Y por supuesto, cada quien tendrá los propios, estos solo pretenden ejemplificar las marcas más claras, no las únicas, que llevamos en la memoria.

 

Solo hay que analizar un poco estos personajes y es evidente que al igual que nosotros, cumplieron su ciclo en el escenario que los vio crecer, madurar y marcar sus generaciones. Hoy, muchos de ellos han fallecido, son leyendas y muy pocos permanecen con nosotros, alimentados por sus historias personales y viviendo las etapas que marcan los ciclos vitales y eso nos hace recordar que hemos vivido con ellos en el escenario, la película de nuestras vidas. Cada quien deberá aquilatar su propia existencia, trascendencia y felicidad.

 

Así, hoy hacemos una pausa, un recuento de casi 6 décadas de creatividad y recordamos a todos esos personajes nuestros y junto con Quino, creador de un ícono que nació, creció y nos marcó, Mafalda. Debemos agradecerles su existencia, su creatividad y poder de influencia en nuestra cultura y formación personal y colectiva. Cumpliste querido Quino. Buen viaje.

 

No se puede concluir este balance, sin mencionar que estamos en una etapa de recomposición global, de una renovación generacional complicada en esta primera parte del siglo XXI.

 

Nuestra generación es heredera de luchas y causas que generan lo que hoy se cosecha, como heredó en su momento nuestra generación, un mundo en plena transformación por la posguerra, hace 75 Años.

 

La generación de jóvenes que hemos formado, como hijos de los Baby Boomer, tienen una brecha profunda con la generación precedente, porque nos separa la tecnología con la que han crecido y se han formado.

 

La tecnología profundiza la brecha generacional y los veteranos que detentan el poder y el control, se niegan a ceder espacios a la nueva generación, argumentando que carecen de la cultura del esfuerzo y su individualismo y hedonismo los limita para tomar las riendas y destino del mundo globalizado.

 

Este hecho parece egoísta, la generación actual, deberá asumir sus responsabilidades y las consecuencias de tomar el poder y el mando de la aldea global. Cuentan con un privilegio no imaginado, hace solo seis décadas, acceso a la información y conocimiento con una tecla. Solo requieren asimilar que ese privilegio, es una herramienta, no una solución a todos los problemas y tampoco un sustituto de la inteligencia, sensibilidad y compasión humana, pero sobre todo tratar de utilizarla con sabiduría. Nunca como hoy, el mundo fue frágil y vulnerable ante nuestras acciones colectivas, creativas y destructivas. Los jóvenes están llenos de talento, capacidad y visión de futuro, debemos ser sus aliados, ceder la estafeta y acompañarlos, por un breve tiempo.

 

Todo acto humano, debería estar precedido del análisis reflexivo, el juicio y pensamiento crítico, esto facilita la toma de decisiones. En poco tiempo, los destinos de toda la humanidad, estarán en manos de los jóvenes formados con una cultura de acceso a la tecnología. Debe mantenerse la actitud de tomar decisiones, con un espacio de reflexión y acumular toda  la información necesaria para lograr el máximo beneficio colectivo. Esto requiere un periodo obligado de adaptación y formación a una nueva forma de pensar y actuar, más solidaria, compasiva y humana. Con un enfoque de aldea global. Eso debe propiciar la formación de nuevas generaciones exitosas. El ciclo del progreso humano se cumple cabalmente, algunos crean y construyen, otros consolidan y disfrutan y otros se sacrifican y pagan, es la ley de la vida y existencia humana.

 

Cada generación, deberá ubicarse en su justa dimensión, porque el mundo continúa y las generaciones que nos preceden desparecen en su totalidad y solo quedará el legado y la capacidad que tenemos de transmitir a las siguiente generación, la humanidad que nunca debemos perder.

 

Este es un mundo para los seres humanos, debemos cuidarlo, alimentarlo y formar mejores personas. Es el mejor legado que podemos dejar, para emprender el viaje definitivo en poco tiempo, un evento inexorable. Siempre queda un breve espacio, para rectificar lo necesario y lograr la tranquilidad, del deber cumplido.

 

Llegan momentos para reconciliarnos con nuestra época, nuestras luchas, nuestras frustraciones y nuestros anhelos. Y encontrar dentro de nosotros, el verdadero éxito existencial; vivir sin rencores, sin odios y sin envidias. Encontrar al niño que fuimos, abrazarlo, hablar con él y recordar que estamos vivos. Encontrar en ese niño, la anhelada paz interior y eso, nos debe hacer sentir, inmensamente felices.

 

 (Para vos, Quino. Cumpliste, buen viaje amigo, estaremos acá otro rato)