COVID-19. Del pánico a la voluntad de sobreponerse, por Francisco Javier Posadas

380
puntos de vista

Sientes tu fuerza en la experiencia del dolor.

Jim Morrison

La vida pocas veces espera a que estemos listos.

Gilles Legardinier.

El pánico y la psicosis global generada por la pandemia de coronavirus, es un comportamiento lógico en una sociedad global que apuesta todo a la comunicación por medios digitales. La percepción de responsabilidad colectiva es débil, el mundo gira de esa manera y hay que aceptarlo, podemos vivir con eso.

 

Todos inmersos en una aldea global, dependemos y vinculamos nuestra vida, salud e integridad a las conductas de individuos y comunidades sin nexos afectivos, sociales o culturales. Los sistemas sociales frágiles, nos exponen de manera dramática a eventos que traen daños, muertes, tragedias y caos. La contaminación y calentamiento global, destrucción del hábitat, crisis económicas, globalización de problemas sociales como la migración y por supuesto, las calamidades naturales, sismos, huracanes y pandemias, nos obliga a pensar, sin duda, que somos parte de un todo.

 

Las sociedades han creado entornos donde las personas tienen conductas que los hacen vulnerables. La longevidad nos lleva a estados de involución, debilidad y riesgo. La vida moderna llena de tecnología, comunicaciones y necesidades primarias resueltas, genera sociedades con personas de mayor expectativa de vida. Y la pandemia ataca este sector, se requiere crear nuevos mecanismo para proteger su integridad y su salud.

 

Los sistemas sociales actuales, nos hacen sedentarios, pasivos, inermes ante las agresiones naturales. Más que sociedades saludables, interesa sobremanera  obediencia en el trabajo y adaptación a los sistemas sociales y estatus quo. La mejor herramienta, cultivar la necesidad y capacidad para consumir y disfrutar la diversión. Y han dejado expuesto al individuo a las calamidades naturales con vidas que debilitan su capacidad física. Epidemias de obesidad, sedentarismo, hipertensión, tabaquismo, alcoholismo, uso de estupefacientes, además de la profunda desigualdad, han existido en diversas épocas, todas juntas, predominan en la vida moderna. Y hace que las personas individual y colectivamente,  sean vulnerables ante el más mínimo desequilibrio del entorno. Las conductas saludables no se masifican, se masifica solo el consumo, la diversión y la vida sedentaria como cultura de la felicidad. Países como el nuestro ya sufre consecuencias. El 68% de obesidad y sobrepeso y 9% con diabetes mellitus en población adulta. No sabemos hasta donde llegarán estas consecuencias, lo que sí es un hecho incontrovertible, es que la vida sedentaria, no nos hace más saludables.

 

Una persona sana, física y mentalmente, es resistente al medio ambiente, se adapta, mantiene a raya las agresiones permanentes de la naturaleza. Llámese fauna, flora o microbios, cambios climáticos, calamidades naturales y eventos de todo tipo que pueden poner en riesgo integridad y vida.

 

Esta pandemia de coronavirus que inició a finales del año 2019, es un ejemplo claro de los estragos que puede propiciar un agente agresor natural, un virus. Los sistemas sociales, salvo excepciones, no tienen como objetivo prioritario, mantener sociedades y personas sanas, robustas, preparadas, con capacidad de respuesta para mantener el equilibrio natural de su medio ambiente, solo interesa el consumo, la productividad y las ganancias económicas, minimizando el desarrollo humano y sus capacidades.

 

Los espectáculos, se masifican, han creado un fanatismo social y se consumen a bajo costo, generando grandes ganancias para quienes los explotan y organizan. Para el ciudadano, no genera mayor beneficio, simplemente entretenerse. Sin crecer, sin desarrollarse y sin mejorar su calidad de vida. Simplemente entretenerse. Una enseñanza de la pandemia, es que la sociedad puede prescindir temporalmente de los espectáculos. Y deben adquirir nuevo lugar en las prioridades. La evidencia dice: los eventos masivos, pueden ser fuente de contagio de coronavirus y por ahora debe actuarse en consecuencia. Se requiere una nueva adaptación.

 

No es lo mismo, prepararse un fin de semana para ver el clásico Barcelona contra el Real Madrid, que prepararse para sobreponerse a una pandemia de coronavirus. Lo curioso, es que el ser humano tiene la capacidad para hacer ambas cosas. Y debería estar preparado para ambas. Solo requiere una pisca de educación e información oportuna y de calidad y puede afrontar ambos eventos. Por desgracia, la preparación para el clásico genera ganancias para las elites económicas, y se invierten millones de euros en publicidad, anuncios y bombardeos del evento. Llenando los sentidos de miles de personas a toda hora para fomentar el consumo. Embriagando el ambiente de emociones y adrenalina futbolera. La otra faceta, preparar una sociedad para una pandemia, es un gasto que se considera innecesario sino hasta absurdo. Y cuando hay decesos, y daños a la salud, se cuentan como estadísticas y daños colaterales. Es una cuestión de valores sociales que es interesante analizar. Me gusta el fútbol, pero me gusta más la salud.

 

El pánico generado por al coronavirus es lógico. Pocos estaban preparados para un evento de esta naturaleza. Creemos que tampoco los sistemas de salud y su monitoreo de vigilancia epidemiológica. No era necesario ni costeable, asi gira el mundo. Puede haber 22 cámaras digitales de alta definición, en un partido de futbol americano, para definir una jugada polémica que observan 200 millones de aficionados. Pero los sistemas de información y monitoreo de enfermedades infecciosas, en muchos países, todavía se hacen a papel y lápiz. La mayor parte del tiempo, somos indiferentes a este tipo de desigualdades abismales en términos de valor social, esta pandemia, nos ha vuelto a una realidad a la que hemos sido indiferentes. Y sabemos que no cambiaran las cosas, una vez superada la crisis, volveremos a las mismas conductas, porque así es la naturaleza humana y debemos aceptarla. Pero quedarán enseñanzas para quienes toman decisiones, eso, no es poca cosa. Habrá que revalorar en el contexto social, la escala de valores y definir con mayor claridad lo que tiene precio y lo que tiene valor. Todos tenemos esperanza que esta pandemia, reordene algunas cosas y valores importantes. Solo algunas, lo demás retornará a los viejos hábitos domésticos. Tal vez contar con mejores hospitales que estadios deportivos, por decir algo.

 

Nunca  ha estado en el escenario de la historia reciente de sistemas sociales, formar comunidades saludables, sistemas de salud y educación robustos, que permitan proteger al mundo de calamidades, incluyendo una pandemia, a través de colaboración global, suma de esfuerzos y responsabilidad compartida. Todo se contamina por intereses.

 

Pocas veces se previene, se anticipa, se prepara a las comunidades. Se toman medidas, cuando aparece la crisis y afecta intereses económicos o políticos y tambalea la capacidad y credibilidad de organismos internacionales y de quienes dirigen el bando político de los países, los continentes y el mundo. Las crisis desnudan el mundo y sus contradicciones.

 

En esta pandemia, esperamos aprender muchas lecciones, deben aplicarse y mantenerse como cultura colectiva, y aceptar tácita y explícitamente que tenemos nueva cepa de virus y surgirán más. No es que los coronavirus sean nuevos o no se conozcan, simplemente como ente biológico y tener RNA, el COVID-19, tiene la capacidad de mutar y adaptarse a nuevos hospederos o victimas de su reproducción, es su naturaleza.

 

El coronavirus es altamente contagioso,  índice de contagio,  2.5 a 3. Por cada persona que se infecta en promedio contagia 3 y el proceso es exponencial y crece con rapidez, con un  periodo de incubación de 2 a 14 días. Su riesgo se incrementa porque en el periodo asintomático, la persona transmite el virus y lo puede diseminar sin saber que es portador y puede permanecer con el virus en su organismo por periodos de hasta 36 días.

 

La evidencia central de la pandemia, es que no hay vacuna ni fármacos específicos que faciliten y aceleren la curación de la persona que enferma gravemente. El Remdesivir, antiviral de reciente aceptación por algunos países como tratamiento, puede servir en pacientes hospitalizados, pero solo reduce de manera muy limitada la mortalidad  en casos graves de personas que requieren ventilación asistida. Pero a falta de mayores recursos, se justifica utilizarlo como medida terapéutica de primera línea.

 

En la historia natural de la enfermedad, el virus, solo ataca severamente a personas con sistema inmunológico con pobre respuesta, es su característica más importante. A esas personas, hay que protegerlas de manera específica. Las personas sanas y con sistema inmunológico robusto, se adaptarán pronto y en particular los niños son resistentes a la infección y permanecen en la mayoría de los casos asintomáticos, pero pueden ser fuente de contagio sin tener consciencia de ello, en particular con los abuelos que son personas más vulnerables. Los adultos mayores incrementan la tasa de mortalidad de manera importante.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que en China, donde se originó el virus COVID-19, la tasa de mortalidad está entre el 2% y 4%, pero fuera del país asiático la tasa se reduce al 0.7%. Los grupos etáreos, con mayor mortalidad son de 60-69 años 5%, de 70 a 79 años 10% y de 80 y más años 15%. Factores como el estado de salud previo y la capacidad del sistema de salud de cada país, modifican la tasa de mortalidad.

 

Es importante mantener la serenidad y hacer las evaluaciones pertinentes de la evolución en cada país. El contacto humano es muy estrecho y difícil de limitar en áreas urbanas. La movilidad es esencial para mantener operando las ciudades. El ambiente está cargado con millones de virus, bacterias, esporas y ácaros. Comensales que disfrutan una sana simbiosis con seres humanos y otros seres vivos. Ese no es problema, compartimos gérmenes en la comida, agua, contacto físico y se conocen los riesgos cuando se rompe el equilibrio.

 

El problema grave, aparece cuando nos ataca un germen que rebasa nuestras líneas de defensa inmunológica en forma masiva. Por fortuna, este grupo de patógenos es limitado y en la mayoría de los casos, tenemos defensas naturales complementadas con recursos médicos y farmacológicos para contrarrestar los daños a la salud.

 

La piel, mucosas, pelo, secreciones y en particular la higiene, nos protege de patógenos agresivos. Y son la primera barrera para impedir el acceso al organismo. Existe un sistema inmunológico robusto en personas sanas. Los glóbulos blancos, las inmunoglobulinas y citoquinas, son barreras poderosas contra cualquier infección o infestación. Pero tienen límites y cuando son rebasados esos límites, vienen las complicaciones y decesos.

 

Esta pandemia, nos hace ver que estamos expuestos a ser invadidos por gérmenes y trasmitirlos a la especie en una cadena de contagio acelerado, por cercanía y convivencia, contacto físico permanente y movimiento de población por todo el mundo. En este caso en particular, por minimizar el riego del comercio de especies exóticas, consumirlas y tener contacto con sus desechos, exponiendo al sistema inmunológico humano, a gérmenes para los cuales no está preparado ni adaptado para defenderse. Las consecuencias, están a la vista.

 

El acceso a agua potable, alimentos de calidad, medidas higiénicas básicas y manejo adecuado de excretas, siguen siendo las principales medidas para que los seres humanos se mantengan saludables. Si se complementa con sistema de salud universal, preventiva y eficiente, la especie prospera en el ámbito biológico.

Es importante dimensionar la evolución del coronavirus y considerarlo una nueva cepa que mutó para adaptarse mejor al medioambiente y atacar a seres humanos para reproducirse. Las conductas humanas facilitan y aceleran las mutaciones y un cambio en su material genérico siempre se enfoca a ser más invasivo y letal, es su naturaleza. Su único objetivo, es reproducirse para mutar. Ahora tiene una mayor capacidad de contagio de persona a persona y al depositarse en todo tipo de superficies en contacto con seres humanos. Pero debemos tener claro que será temporal, nos adaptaremos pronto a su agresión biológica y se creará una barrera de personas inmunizadas, cada vez mayor.

 

Debemos utilizar las evidencias y ser pacientes, el mundo no se va a esterilizar, pueden seguir sanitizando la vía pública y superficies de uso masivo. Acciones que nos tranquilizan, ayudan, coadyuvan, pero no resuelven el problema. Tampoco van a desaparecer los gérmenes. Las medidas higiénicas hay que hacerlas de manera sensata, práctica y efectiva. El exceso y compulsión por la limpieza trastorna el comportamiento, debe moderarse y adaptarse a necesidades prácticas y efectivas. Un lavado de manos adecuado y sistemático, es saludable siempre, no solo cuando hay coronavirus. Evitar el contacto de manos con la cara y las mucosas y el uso de mascarilla sin tocarla, como barrera física tiene impacto en la prevención para todas las enfermedades respiratorias.

 

En poco tiempo habrá que tomar decisiones. El distanciamiento social no se puede prolongar indefinidamente y se convertirá en una presión social, cuando sea insostenible el equilibrio  entre limitar los daños a la salud, con los daños a las cadenas de producción para mantener el sistema económico local y global. Las personas tienen que sobrevivir y trabajar para hacerlo.

La pandemia, ha generado importantes daños a la salud y economía, que rebasan todo pronóstico. En el mundo, hasta la última cifra del 11 de mayo del año 2020, más de 4.3 millones de infecciones confirmadas y más de 300 mil defunciones, con afectación a los 5 continentes. En México, hasta el 14 de mayo, se registran 42,595 contagios y 4,477 defunciones. Sin factor de conversión de 8.3 para unos y de 30 para otros.

La trascendencia se magnifica porque los países más afectados fueron las economías más poderosas del mundo USA, Unión Europea y China. Ataca a todos por igual.

 

En tanto se dan los acontecimientos, debemos asimilar cuestiones muy concretas. Los gérmenes, bacterias, virus y parásitos, siempre van a estar ahí, no se pueden evitar. Solo hay que mantenerlos a raya. Vivirán con nosotros siempre. Adaptados unos y otros. Nuestro sistema inmunológico igual que ellos, evoluciona de manera permanente. Debemos sobreponernos a la pandemia, es cuestión de tiempo.

 

Iniciará la toma de decisiones a corto plazo. En México, el gobierno y en particular el Consejo de Salubridad General, debe convocar a un mayor número de expertos. Esto además de facilitar el trabajo por suma de esfuerzos, distribuye mejor la responsabilidad cuando se toman decisiones que pueden beneficiar o afectar a millones de personas.

 

Es saludable reunir un grupo colegiado incluyente, para reducir el riesgo y limitar el daño. Se tendrá que permitir a la sociedad, reiniciar sus actividades de manera paulatina e informada. Las personas vulnerables deberán protegerse y aprender a protegerlas, no hay opción, hasta tener una herramienta terapéutica.

 

Hemos tenido tiempo para meditar.

En el contexto colectivo, las lecciones más importantes de este proceso biológico y social que deja el coronavirus, es que debemos fomentar una sociedad más saludable y solidaria. Generar un proceso de cambio colectivo, de una especie que habita en una aldea global. Somos una tribu conectada y comunicada que debe cooperar y no segregar, sumar y no dividir y actuar y no simular.

En el contexto individual, debemos cambiar estilos de vida. El sedentarismo, mala alimentación, tabaco, alcohol; la obesidad, diabetes e hipertensión son problemas de la vida moderna, que nos hacen  vulnerables ante las nuevas agresiones biológicas. Mejores estilos de vida, no están peleados con la felicidad. La clave es mantener el equilibrio. La homeostasis física y mental. En eso hay que trabajar. La edad y el tiempo, esos si son enemigos invencibles. Estamos preparados, el resto, lo dejamos en manos de la naturaleza.

 ¡Qué así sea!