Reflexiones nocturnas de una cuarentena, por Francisco Javier Posadas

130
puntos de vista

 

“Reconciliarse es hoy, un acto revolucionario.”

Anónimo

“El peor de los males es la indiferencia”

Teresa.  

Estas reflexiones emanan de un proceso personal de cautiverio en una pequeña habitación, conectada al mundo a través de internet, en un hogar como el de millones de personas en todas partes, que viven la enésima pandemia de la historia. Cada uno trata de sobrellevar las sensaciones humanas por la incertidumbre que se avecina, en un país como México, que este 23 de marzo de 2020, reportó 367 casos de COVID-19 y cuatro defunciones. La pandemia, nos mantiene en casa.

 

Para los que nacimos en la década de los 60s, pertenecemos a las últimas generaciones que crecieron y se formaron sin uso de tecnología. Lápiz, papel y una pizarra, combinados con libros y acceso limitado a información impresa disponible, moldearon nuestras profesiones y personalidad.

 

La radio FM y la televisión en blanco y negro, eran las grandes innovaciones.  La llegada del hombre a la luna en 1969, detonó en solo tres décadas, una explosión tecnológica sin precedentes. Esto otorgó un giro inesperado, la información estaba disponible y al alcance de todos, con solo mover un dedo, apretar una tecla o un simple botón. Pantallas planas, controles remotos, computadora, internet, celulares, redes sociales, realidad virtual, drones, equipos cibernéticos y nubes pletóricas de información, que concentran dinero virtual, identidades infinitas de personas, recursos e información estratégica de toda índole, es el mundo que nos rodea hoy en día. También hemos crecido con epidemias explosivas, producto de la globalización. Obesidad, diabetes, Ebola, SARS, VIH, Influenza y COVID-19.

 

En años recientes, aparece la robótica semihumana, las criptomonedas, riqueza y oro ficticio. Todo enclaustrado en una aldea global, contaminada por residuos, basura, combustibles fósiles, polución y ocho mil millones de seres humanos que consumen todo con una insaciable voracidad y viajan con una lujuria frenética por toda la tierra, en aviones cada vez más grandes y veloces, que han establecido puentes aéreos entre las principales ciudades y economías del planeta.

 

Convirtiendo el mundo en un habitáculo pequeño, frágil, donde las personas viven, invaden, depredan, consumen y modifican el medio ambiente en aras del consumo, el comercio, la economía y los mercados. Invaden espacios,  extinguen especies, agotan recursos naturales, modifican nichos naturales y adaptan todo al ocio y la comodidad como nueva deidad de una vida plena.

 

Cuando esto no es suficiente, para llenar vacíos existenciales, siempre queda el refugio de las drogas, licitas e ilícitas, remedio fugaz para evadir nuestra realidad. Las últimas dos generaciones de seres humanos, viven una explosión social que absorbe a una población de veteranos, que provienen de un mundo sin tecnología que se adapta y pronto se extinguirá.

 

El ser humano aprende y genera conocimiento con celeridad, pero su biología, no evoluciona con la misma rapidez que la tecnología. Cada persona es finita, única y nuestras necesidades primarias para subsistir son iguales que cuando apareció la escritura que inventaron los sumerios en Mesopotamia, unos 3,500 años A.C. punto de inflexión que dio inicio a la civilización. Comer, beber, dormir, amar, socializar, realizarse.

 

Necesidades primarias cada vez más simples de obtener ahora, porque todo está al alcance en los lugares donde se concentran los grupos sociales. Pero que la diversidad de opciones creadas por intereses económicos, complica y nos clasifica para obtenerlas. Lo llaman clasismo. Y luchamos con ahínco y pasión toda una vida, para obtener los bienes que no nos llevaremos. Y soslayamos lo verdaderamente importante que es vivir y disfrutar una vida efímera, única y sin retorno. La única moneda que tiene valor para un ser humano es el tiempo.

 

Este valor lo ha modificado el entorno ficticio y artificial creado por los el espejismo de los bienes materiales. El ser humano es impregnado de una necesidad imperiosa de obtener bienes materiales y esto ha provocado que nuestra humanidad sea cada vez más pobre y se trate de compensar con satisfactores externos, que es evidente nunca serán alimento del espíritu.

 

Es probable que muy pocas generaciones tengan un cambio tan drástico en el concepto y estilo de vida humana como el que se ha experimentado en los últimos 75 años. Después de la conclusión de la 2ª guerra mundial en 1945. Es un periodo generador de una vorágine de cambios y adaptaciones humanas profundas, extraordinarias, geniales. Pero también de un orden mundial, matizado por la profunda desigualdad y deshumanización colectiva. El acceso masivo a la tecnología, simplemente cambió el mundo.

 

Es importante observar las dos caras de la moneda, hay una parte que avanza,  evoluciona. El acceso al trabajo, riqueza, conocimiento, ciencia, arte, cultura, satisfactores y valores humanos se ha democratizado y llevado al rango de derechos, en una buena parte de civilizaciones integradas en bloques sociales.

 

Por el otro, existe la desigualdad, la pobreza, el racismo, estigma y discriminación en países donde los derechos no existen y la evolución social se ha detenido y persisten gobiernos excluyentes.

 

Lo síntomas de estos dos mundos, se expresan en una migración anárquica y reprimida por la fuerza o por muros. Los países prósperos económicamente se oponen a la migración y segregan a sus habitantes y limitan el acceso por temores a ser desplazados.

 

Misterioso y mítico año 2020, en solo tres meses, ha generado una serie de eventos globales que invitan a la reflexión y profundo análisis de  lo que somos como seres humanos. El efecto del confinamiento con fines epidemiológicos abre interesantes espacios de reflexión.

 

Estos breves tres meses, nos han enseñado más que probablemente muchas décadas, sino es que siglos. Aquí, recluidos en pequeños y modestos hogares, millones de personas en cuarentena, la naturaleza nos dice: todo ese poder económico que has creado como especie, toda la tecnología, energía, globalización y avances científicos, no pueden protegerte porque has olvidado que eres un ente frágil, vulnerable y expuesto a la propia naturaleza de tu aldea global.

 

Es momento de reconocer conscientemente, que somos seres vivos, frágiles, un prodigio biológico, pero insignificantes en el concepto universal de la creación y de la ciencia. Y la existencia individual y colectiva dependerá siempre, del respeto y equilibrio que se tiene con la naturaleza.

 

Las crisis nos desnudan. Un coronavirus microscópico, invisible,  de solo 160 nanómetros, con una frágil envoltura proteica en forma de corona, se manifiesta como un rey. Su única arma, es un genoma no segmentado de RNA, que ingresa a nuestras células respiratorias, toma el mando y contagia con una velocidad de vértigo y es mortal cuando invade personas en estado de vulnerabilidad. Y nos ataca sin piedad. Aprovecha su periodo de gracia. La ciencia médica, no tiene vacunas o fármacos para combatirlo.

 

Este ser microscópico, tiene de rodillas al mundo. Nos ubica en el escenario exacto que nos corresponde, demasiado frágiles ante las amenazas del microcosmos y demasiado soberbios para entender lo insignificante que somos en el macrocosmos.

 

En solo tres meses, ha privado a millones de seres humanos, de sus satisfactores más simples. Pasear, saludar, convivir, abrazar, besar, se han convertido en armas mortales. Este poderoso ente biológico, mutó en entornos creados por seres humanos. Donde las medidas higiénicas se minimizan, hay maltrato y crueldad animal, como en todas partes, pero que ahí el hacinamiento y reservorio de microbios se exacerba por usos y costumbres milenarias, comercializar animales vivos y exóticos. La naturaleza busca y encuentra, evoluciona, muta para adaptarse y crea una nueva cepa que nos ataca. Un proceso de autodestrucción inconsciente, indiferente, espontáneo, natural.

 

La ciencia nos impide especular sobre teorías de conspiración, porque aunque se sabe que existen, es obligado comprobarlas con el rigor del método. Y eso, por el momento, nos rebasa. Por ese motivo venceremos la insana tentación de especular.

 

Esta nueva cepa de coronavirus, en pocos meses,  ha colapsado el turismo mundial, líneas aéreas globales y varios sistemas de salud de países del primer mundo. Y tiene  a todos los países, en una incertidumbre extrema, por el impacto final que puede tener en la economía de los 5 continentes.

 

La crisis pasará en poco tiempo, algunos meses seguramente, como lo definen los modelos matemáticos y epidemiológicos. Dejará enseñanzas, tragedias, secuelas. Pero también lecciones aprendidas. Esas deben ser el insumo para una nueva visión del futuro.

 

Aprender a tomar decisiones oportunas que protejan a las personas colectivamente, colaborar con países que tienen economías y sistemas de salud más débiles. Y trabajar de manera coordinada para integrar un sistema de protección global. En momentos de crisis, deben aparecer las mentes preparadas para convertirlas en oportunidades.

 

En nuestro país, México, una pandemia de dimensiones globales, debería ser el pretexto perfecto para reconciliarnos, reencontramos con nosotros mismos, dejar atrás las pugnas, rencores y divisiones centenarias. El gobierno y todos como ciudadanos, debemos tener la altura de miras para entender el momento histórico y abrir espacios de entendimiento entre todos, para sumar esfuerzos, despertar la solidaridad, compasión y colaboración  indispensable en estos momentos.

 

Unirnos para resolver esta crisis y ver el futuro con claridad de lo que queremos como país, desprendidos de ideologías, fobias y vencer la tentación de seguir atizando odios. Es evidente que el nuevo gobierno tiene sed de venganza, rencores acumulados y toma el mismo papel que los anteriores gobiernos tenían con la oposición, hoy en el poder. Desprecio, indiferencia, arrogancia, un movimiento no puede gobernar solo para sus seguidores e incondicionales. Asi no es, van a fracasar. El país requiere una visión moderna, progresista, incluyente. No la observamos.

 

Estamos en pugnas intestinas,  una guerra civil en redes sociales y un ejercicio del poder arcaico, mesiánico, disfrazado de austeridad, pero matizado por la ineptitud y una vocación autoritaria, centralista, acaparadora del poder, decisiones y presupuesto. Omiso y tacaño ante las necesidades nacionales en materia de salud.

 

Es imperativa,  la búsqueda clara y honesta de puntos de encuentro, del país que queremos construir a partir del que tenemos. Se requiere, escuchar, consensuar y llevar a cabo, acciones concretas. Un país polarizado, no se puede transformar. Un cambio duradero, parte de la reconciliación, dejar de estar atizando rencores. No es obtener el poder y crear crisis permanentes como venganza política por los actos del pasado. Eso llevará a cada gobierno a la muerte civil una vez que concluya su gestión. Es indispensable pensar que los gobiernos son efímeros, breves, y su único legado, es el beneficio que se deja a las próximas generaciones.

 

México está inmerso en una aldea global, debe actuar como tal e integrarse a países con mejores sistemas sociales, incluyentes, basados en el respeto a los derechos humanos, certeza jurídica y aplicar políticas alineadas con organismos internacionales.

 

La pandemia de coronavirus, nos desnuda, y nos hará ver de qué estamos hechos. Las lecciones aprendidas servirán para modificar el sistema social o puede ser que genere una crisis por enésima ocasión, que profundice nuestros problemas sociales. Dependerá de la voluntad del gobierno y de todos los actores sociales.

 

En poco tiempo,  queda claro que los países serán obligados por las propias crisis a ser más solidarios, redistribuir los avances y la riqueza de manera más equitativa con la creación de instituciones incluyentes que compartan intereses, proyectos, mercados. Nadie puede estar aislado.

 

Fenómenos como la desigualdad, la migración, el calentamiento global, la contaminación. Son destructivos para todos, no solo para los países pobres y la estrategia para evitarlos es un nuevo orden mundial. Obtener satisfactores primarios y derechos es inherente a la propia humanidad y debe ser universal y esto solo se logra con  sistemas sociales solidarios. Asi mismo, el valor del trabajo y dignidad humana deben recuperarse y formar parte de una cultura global.

 

Hemos minimizado el poder de la naturaleza, nos equivocamos. Es necesario aprender de esta crisis y convertirla en una oportunidad. Desprendernos de la soberbia y arrogancia que nos es propia en la modernidad y volver a ponderar nuestra profunda y natural humanidad. Volver a darle valor a lo realmente importante. Las pequeñas cosas, los afectos domésticos, la seguridad y calidez de un pequeño hogar. Volver a disfrutar el arte y la cultura como los verdaderos y únicos alimentos del alma y  respetar al prójimo como único alimento del espíritu humano.

 

Los seres humanos, todos llegamos igual y terminamos igual, desnudos. Pero no todos vivimos igual. Ese es el verdadero reto existencial y depende del libre albedrio. Pero también de las oportunidades y el esfuerzo personal. El éxito, lo traemos dentro de nosotros, está integrado, no hay que buscarlo, solo hay que vivirlo. Es un chip endógeno, para estar a tono con los Millennial. La vida, es increíble.

 

La única y exclusiva finalidad de la naturaleza, es el legado natural y genético, pero la realización del ser humano va más allá de solo reproducirnos. Es crear, es trascender, es realizarse, vivir con intensidad solo un día a la vez.  En síntesis, ser feliz y no distraerse en ninguna otra opción. El destino no existe, se crea con las propias decisiones y acciones que marcan nuestra vida. Y el futuro solo existe, cuando somos capaces de construirlo. Y la única certeza real de los humanos, es que somos finitos.

 

Es momento de formar una nueva generación de personas, alimentadas por un bagaje de intensa solidaridad y colaboración que facilite la suma de esfuerzos colectivos. El individualismo, egoísmo y narcisismo, ha dejado su huella profunda y no es saludable. Solo sirve para comprar toneladas de papel sanitario y traficar con el gel antibacteriano.

 

Estamos en algunos temas, al borde de la autodestrucción. La profunda desigualdad humana, la contaminación, calentamiento global y extinción de especies esenciales para sobrevivir, son los más claros ejemplos, de que si no colaboramos y equilibramos los sistemas sociales, las catástrofes nos seguirán acechando, sin importar el poder económico o tecnológico acumulado, al final de cada día, todos somos personas con derechos y necesitamos un entorno sustentable.

 

La competencia se dará de forma natural y es necesaria, pero el objetivo primordial siempre será, formar seres humanos que cuiden el planeta. Lleno de tecnología, sin combustibles fósiles, pero con seres humanos de carne y hueso. Un mundo cada vez más poblado y que seguramente buscará, en poco tiempo, nuevos horizontes en otros planetas, debe tener claro que,  la única palanca para desarrollar un nuevo orden mundial, es la compasión y solidaridad que se impregnen como valores primordiales, en la consciencia del ser humano, a través de la educación, el arte y la cultura.

 

Quienes detentan el poder y concentran la riqueza, deben darse cuenta que son finitos y nada modificará ese hecho.

Mientras tanto. Quedémonos en casa.

 

En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento.

 -Albert Einstein