Remplazar el Sistema, por Francisco Javier Posadas

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En el año de 1950, Octavio Paz escribió, “El Laberinto de la Soledad. Ensayo que describe la idiosincrasia del mexicano, en particular su esencia, su moral y su psicología.

En 1985, fue publicado el libro: “Vecinos distantes”, por el escritor de origen brasileño, Allan Riding.

Ambas obras cobran vigencia nuevamente, como muchas otras por el momento que vive el país. El poder está en otras manos. “El estilo personal de gobernar”, 1974, de Daniel Cosío Villegas, otra obra que cobra vigencia.

Cada uno observó con ojos diferentes la realidad de un país desgarrado por un  sistema político autoritario, corrupto y hegemónico al interior, pero sumiso y complaciente ante los abusos comerciales, migratorios y sociales de los vecinos del norte.

La visión interna es muy diferente de la visión externa. Describir estos vecinos distantes es un parámetro vigente que permite analizar a la luz de los acontecimientos lo que pasa actualmente en México como país, su sistema político y la relación que tiene con el país con mayor poder económico, político y militar de la era que vivimos y con el bloque de América Latina. Marcado por la desigualdad y los contrastes.

Norteamérica es muy clara en su percepción de los países del sur. Cuando se trata de negocios y vender sus productos, mercancías, películas y desechos, América Latina es un  mercado de casi mil millones de consumidores. Pero cuando se trata de derechos, se convierten en mil millones de segregados, aislados por sus propios gobiernos y para quienes están vetadas sus fronteras, espacios y por supuesto la migración, con un tratamiento delincuencial y discriminatorio, propio de los señores feudales de la era medieval.

Siendo objetivos, hay una enorme responsabilidad de los países poderosos económicamente. Sin embargo, es evidente que la principal responsabilidad de esta discriminación, es  derivada  de sistemas políticos corruptos, anacrónicos y antidemocráticos que prevalecen en las comunidades latinas.

No es muy complicado definir los motivos, la historia los desnuda. Eventos políticos y sociales donde han preponderado mafias, pandillas y sectas de grupos mezquinos, ambiciosos y donde la traición es lo que predomina, genera un entorno social que no crea ciudadanía. Antes bien, un estado de corrupción e impunidad que permea a la sociedad como mal ejemplo colectivo. Se suman por supuesto, atavismos religiosos no superados que alimentan la llama de la ignorancia.

Hoy, México, como casi todos los países de América Latina, no tiene bases sólidas para lograr un estado de derecho. La democracia no es un sistema ideal, pero es el que ha probado ser el menos malo. Impulsar la democracia, requiere permitir ciclos que fomenten la participación colectiva de ideas diversas, innovaciones, superar la creación de tiranos, caciques y mafias con intereses de grupo. El bien común, es el objetivo primordial de una sociedad democrática, que aspira a un estado de derecho.

Cuando evolucionen  los países del sur y sus gobiernos sean capaces de formar sociedades democráticas, podrán integrarse y su relación migratoria y comercial podrá ser equitativa, como sucede hoy entre Estados Unidos y Canadá y países con mayor desarrollo. Aislarse es un absurdo.

Los cambios de fondo deben pasar por sociedades con visiones de largo plazo, es muy difícil pretender cambiar el país sin ideas colectivas, participación y visión global. Las posturas unipersonales han fracasado. México ya probó su porfiriato y generó una revolución. Se debe apostar a una sociedad participativa, escuchar nuevos pensadores y nuevas ideas. Utilizar el bagaje social, conocimiento y tecnología para crecer en el ejercicio de los derechos humanos.

México debe acelerar el reordenamiento de su estructura política, jurídica, social, educativa y cultural. En este sentido, debe mantener su compromiso global, sin dejar de trabajar hacia el sur, con países similares.

Los países latinos deben unificar su visión a largo plazo y en el centro, debe prevalecer la intención y acción para desarrollar mejor su colectivo, formar capital social. Aceptar de manera tácita las desigualdades y corregirlas a través de un entorno político y jurídico sólido. Los países latinoamericanos deben formar un solo bloque, no para odiarnos y recriminar nuestro pasado y  nuestros prejuicios, sino para crecer unidos, acelerar el proceso, “acercarnos al fogón”, como bien lo dijo José Mujíca, presidente de Uruguay. Solo educando a sus ciudadanos y abriendo oportunidades, podrán competir en un mundo globalizado en condiciones similares, de  no ser así, continuará la explotación y dominio económico de otros países. El objetivo es formar parte de una aldea global, sin perder la esencia de una identidad milenaria y un mestizaje con tintes traumáticos, pero extraordinarios. Tenemos mucho pasado que observar, pero eso no debe oscurecer el futuro.

Los seres humanos viven en el mundo, no existen razas; existe una sola raza, la humana. Son fronteras, sistemas, ideologías, economías y religiones lo que separa y provoca comportamientos diferentes en habitantes de una aldea global. El talento, inteligencia y capacidad de trabajo, está repartida equitativamente, lo que cambia es la inversión y las oportunidades, que tiene como fondo, los intereses.

El trabajo se debe centrar en la formación de otro tipo de ciudadanos, con menos egoísmo social. Ponderar el inexorable límite de ser finitos, inculcar un grado mayor de humanismo.

Liberar la creatividad, la inteligencia y el talento latente del pueblo latino. Inhibir la filosofía de envidias, rencores y autodestrucción feroz. La reconciliación es impostergable. Con nosotros mismos, con el pasado y con las mentiras históricas.

Varias obras han analizado de manera puntual el carácter propio de los mexicanos, pero “El Laberinto de la Soledad” de Octavio Paz y “Vecinos distantes” de Alan Riding, permiten tener una visión interna como mexicano y otra como migrante externo, de la idiosincrasia y de su sistema social y porqué el pasado ha influido tanto en el comportamiento colectivo e individual. El primero se escribió a inicios de la década de los años 50s y el segundo a mediados de la década de los 80s. Hoy, 70 y 35 años después, se han vivido acontecimientos que reflejan la resistencia de los grupos de poder para soltar el país y dejarlo crecer. El único camino es competir en el mundo global y participar en su desarrollo y su futuro.

Todos nuestros mejores hombres han muerto asesinados. Cuauhtémoc, Morelos, Madero, Zapata, Villa, Felipe Ángeles. Por mencionar algunos. Por ello, Paz dice: “La tumba del héroe, es la cuna del pueblo”. La historia de México por donde se vea, es trágica.

La grandeza de México es descubierta todos los días por quienes lo visitan y conocen. Se perciben esencias con escala de dioses en su historia. México debe crecer y desarrollarse. El país creó su propio sistema, lleno de contradicciones, dominó por casi cien años. Gobiernos que formaron mafias,  llenos de privilegios, no estuvieron a la altura. Es momento de reemplazar  todo el monolito anquilosado y renacer con un sistema democrático, libre de caudillos, con ciclos que impulsen libertades, derechos, innovación y visión de futuro para las  nuevas generaciones, basado en instituciones sólidas, suma de talento colectivo y respeto por la identidad de nuestra historia y de nuestro medio ambiente.

Un sexenio no es suficiente para cambiar un país complejo como México, pero se pueden y deben sentar bases distintas. La riqueza de México debe invertirse  en una nueva cultura colectiva y mejores ciudadanos. Para aspirar a lograrlo, el prerrequisito, es establecer un verdadero estado de derecho.