México no ha tenido transformaciones, son un mito, Por Francisco Javier Posadas

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Francisco Javier Posadas Robledo

México se define como un pueblo con historia y con pasado. Se dice que nos preceden 30 siglos de historia. Aunque las evidencias aceptadas, son mucho más recientes. La historia inicia con los documentos escritos, pero siempre es estimulante especular sobre lo que existió previamente y saber que hay algo antes, desconocido, enigmático y que nunca conoceremos. Pero también hay evidencias en piedra, códices, pirámides, ciudades, reliquias y eso es suficiente para creer.

Las leyendas siempre se  exageran y se magnifican, de no ser así, perderían atractivo para lograr una identidad, manipular y crear mundos imaginarios y grandilocuentes. Está en el ADN del ser humano, inventar simbolismos y mitos geniales para controlar las masas. La mitología griega, las culturas milenarias de Asia, ciudades primitivas de la humanidad, Babilonia, los sumerios, los egipcios, los romanos, el cristianismo, los reinos medievales y todos sus mitos han creado sus historias como fuente de dominio de la cultura humana y se aceptan en muchos casos como dogmas, con fines religiosos, políticos, económicos y de dominio social. Está bien que las sociedades tengan identidades y dignifiquen sus ancestros, es algo muy humano. La historia estática, el pasado, nos define. La historia dinámica, la educación y cultura, nos forma. La democracia rompe muchos mitos, pero nos permite conservar y analizar esa historia oscura y fascinante llamada tiempo.

Hoy, el mundo ha cambiado, la comunicación entre todos por internet, democratiza el conocimiento, pero también lo pervierte, y aunque continúa la dominación y manipulación social, esto se basa en la falta de acceso a una educación sólida. Con el impulso de los derechos humanos en poco tiempo, este engaño y autoengaño, que tiene como origen carencia de un pensamiento crítico, está en proceso de extinción. El intento de engañar y manipular las masas, persistirá, está en la naturaleza humana. Pero el autoengaño, será una decisión personal. El acceso a la información, el conocimiento y tal vez la sabiduría colectiva, será el siguiente paso en la evolución del pensamiento humano. Lo que nos convertirá en una aldea global basada en derechos y con el libre albedrío de responsabilidad personal, colectiva y social. La utopía humana de civilidad. Imagina que no hay fronteras, que no hay posesiones y que todas las personas viven en paz. (Lennon 1971).

Mientras eso evoluciona, hablemos de nuestro sufrido país. Que pregona la 4T, o cuarta transformación. Como una nueva ilusión colectiva que nos llevará al paraíso, donde todos vivan felices. No está mal, las utopías son paseos oníricos que nos trasportan a realidades posibles o imposibles que podemos construir. Para los que estamos más veteranos y conocemos la historia, esto es fuente de ironía y reflexión, porque conocemos el final de estas promesas, siempre hemos vivido en una ilusión nacional.

México tiene una historia trágica y traumática. Cualquier evento importante está impregnado de tragedia, sangre y dolor. Fuimos indígenas muchos siglos. La Ciudad de México fundada en 1325. Cuando éramos aztecas. La única ocasión en que hemos sido dueños de la tierra donde pisamos, las costumbres eran nuestras, tal vez bárbaras  algunas de ellas, pero teníamos nuestro propio código de honor, envidiable aun por los países “más desarrollados” teníamos religión y teníamos sobre todo idioma, cultura, comida, estructura política, ciudades ecológicas de verdad, en resumen vivíamos en un país nuestro, autentico.

La conquista trunca la vida del pueblo originario. Llega la conquista de los españoles. Ahí empezó toda una serie de eventos históricos que cambiaron la existencia. Mestizaje, nueva religión, conquista, saqueo  de riquezas, trescientos años esclavos. Una colonia saqueada y esclavizada por encomenderos abusivos y mezquinos. Heredamos esas raíces, odios, rencores y resentimientos que aun hoy en día, matizan nuestra personalidad, carácter e idiosincrasia. Estigmas y atavismos  no superados. (O. Paz 1952).

El abandono de la colonia a su suerte, los cambios geopolíticos en Europa y el descontento de los criollos, facilitaron el levantamiento del pueblo contra los llamados gachupines, representado en particular por el Virrey y su sequito de favoritos y saqueadores que llegaban cíclicamente a enriquecerse y emigrar, para reiniciar el ciclo. Ciclos que se mantuvieron durante casi tres siglos. En 1810, inicia la guerra de Independencia, concluye casi dos décadas después. Con relevo de caudillos, inicia Hidalgo y Allende, les sigue Morelos, Guerrero y los Aldama. Como todo país nuevo empieza la lucha intestina para llenar el vacío de poder, de la conquiste externa, se pasa  a aguantar las  conquistas internas, las guerras fratricidas. En la descomposición social, se pierden décadas valiosas, riquezas agotadas por la guerra, la mitad del territorio con la invasión de Estados Unidos y un país en ruinas y dividido por ideologías religiosas, conservadores y liberales, lucha que hasta nuestros días persiste, con tolerancia mutua, pero que aflora y se polariza con facilidad inaudita.

Las Reformas de los liberales encabezadas por Juárez y sus huestes, modificaron el país. Después de varios años de guerras de reforma, la iglesia fue separada del estado y sus instituciones. Pero no fue suficiente, profundizó los odios y rencores impregnados en la naturaleza humana después de 300 años de explotación. En la primera mitad del siglo XIX, la falta de una estructura política sólida y un pueblo con una cultura de esclavitud, propició un país anárquico, dominado por caudillos, de todas las calañas. Desde algunos con tentaciones de emperadores como Iturbide, o imbéciles como Santa Ana. Acotados por liberales como Juárez, el Nigromante, Zarco y Ocampo, que sentaron las bases del México actual con todas sus contradicciones. Esto generó situaciones políticas inusitadas, hasta una monarquía extranjera se estableció en México, otorgada por los conservadores. La Monarquía no se consolidó, por los cambios geopolíticos en Europa y la generación de liberales más brillante de la historia del país, la sitió en Querétaro y fusiló al emperador con sus dos generales, Mejía y Miramón en el cerro de las campanas.

Una vez reestablecida la república, Juárez retoma el poder y parece iniciaría una nueva etapa nacional para reconstruir las instituciones y recomponer el país. Fallece de un infarto de manera súbita y la oposición que siempre estuvo latente durante sus 14 años en el poder, aparece con fuerza inusitada, nuevamente por el vacío de poder. Como cada ciclo, se le apuesta a un solo hombre y una vez que fallece, el proceso se reinicia. No hay una estructura política que soporte el país y sucede lo que siempre ha sucedido. Un caudillo, con aires democráticos pero con una profunda alma autoritaria y narcisista, crea una nueva etapa de claroscuros, más obscuros que claros, que dominó el país durante 34 años. Tal vez la etapa más controvertida en la historia moderna del país. Porfirio Díaz, con una plataforma política de no reelección, creo una época prolongada de crecimiento, progreso y estabilización macroeconómica, pero con una base social característica de México, creada por el mismo, donde expresó todos sus demonios, complejos y limitaciones existenciales. Hubo cambios, nuevos esquemas sociales, pero ninguna transformación. La secuela, una tiranía de 34 años.

Su creencia de que un gobierno debe ser un padre tirano, implacable, autoritario, que soluciona todo con el garrote y carente de juicio crítico del derecho y la justicia y que debe llevar la represión e inhibición de cualquier inconformidad con exquisita crueldad y violencia, marcaron ese periodo. Aun hoy, tiene seguidores que lo idolatran y añoran y están en su derecho. Formó una cultura, el tirano magnánimo, el ogro filantrópico, descrito por Paz,  que vive hasta nuestros días en cada gobierno en turno. Su modelo económico, simple y claro: La riqueza concentrada en unas cuantas manos, 300 familias que manejaban la riqueza nacional. Apoyados por un poder político unipersonal que dominaba de manera absolutista la política y rodeado de las grandes masas de mexicanos explotados, en la más rampante miseria y esclavizados para explotar las riquezas nacionales. Volvió la esclavitud, disfrazada de democracia manejada por un tirano que envejeció en el poder y sació todos sus instintos infinitos, primitivos, autoritarios, desarrollados en su formación militar, sin el más mínimo rasgo de humanismo y justicia social. Cualquier atisbo o amago de rebelión, era sofocada con violencia implacable con los famosos rurales, que echaban mano de una característica acendrada y primitiva, el odio y desprecio por la vida humana, que se expresa con violencia inaudita. A la más mínima provocación, colgaban o asesinaban a cualquier disidente del sistema. Se presenta de manera explícita en la película: “El atentado” cuando asesinan a Arnulfo Arroyo. (2010, Director, Jorge Fons).

Con aquella máxima que resuena hasta nuestros días: “mátalos en caliente”. Ese poder unipersonal, autocrático y absoluto, sostenido por la represión, el centralismo y la concentración de la riqueza en un sequito de explotadores que despreciaban las masas, solo podía generar una revolución social. Encabezada por un demócrata potentado, tímido, modesto e ingenuo, pero con una enorme dosis de conciencia social en su corazón, como era Francisco I. Madero. Él solo la detonó, la lucha la hizo el pueblo, las clases marginadas, explotadas y esclavizadas durante décadas. El pueblo, con la característica que lo distingue, pagó sin restricciones con sangre y vidas, el costo del movimiento armado.

Díaz, cometió un error primario, la enfermedad del poder no le permitió retirarse a tiempo. Un decrepito líder político huye a Paris en el Ypiranga, pero antes suelta    el tigre y, cargando su patrimonio y rumiando la “ingratitud”, inexplicada para él, del pueblo de  México, “a quien siempre sirvió”. Pidiendo dócilmente un juicio justo de la historia para su persona. La historia lo juzgó con crueldad. Un juicio justo, acorde con su existencia.

En esa época la sociedad explotada, impregnó en su sentimiento colectivo, más que nunca, la capacidad de odiar, de odiar la vida, la autoridad, las personas, el entorno, la explotación, la injusticia. Eso, solo puede generar algo, una revolución. Estalla todo ese odio reprimido por años, décadas, sino es que siglos, el ser humano que vive una vida miserable y no encuentra una salida, opta por ese proceso destructivo y autodestructivo que ha marcado  parteaguas en la vida del ser humano y las sociedades que ha formado. Solo había dos caminos, ser esclavos o morir en el intento por dejar de serlo, la revolución fue la válvula de escape, por eso fue un evento sangriento, trágico, profundo. Que por desgracia, no logró las transformaciones que pretendían los verdaderos revolucionarios: respeto a los derechos y libertades, justicia social, paz con dignidad, acceso a tierras y satisfactores primarios. Pero sobre todo lo que nunca se logró y que fue la esencia de la revolución. Democracia y libertad para elegir a los gobiernos. El más grande logro, es que todos los documentos oficiales llevarán, hasta nuestros días, la leyenda: “Sufragio efectivo, no reelección”. La ironía de una dictadura perfecta.

Tal vez la lucha más estudiada en México, la Revolución Mexicana de 1910, gestada por Francisco I. Madero, que por primera vez, asumió el poder con una legitimidad máxima y desconocida para un país acostumbrado al agandalle. Su poder y legitimidad como era de esperarse, por sus propios errores, fue efímero y concluyo en tragedia, la famosa “Decena Trágica”. Al asumir el poder, mantuvo las estructuras anquilosadas del Porfiriato en las cámaras y en los círculos cercanos de poder político y económico. Además y tal vez el error más grave, mantuvo en el poder militar a rufianes, traidores, infieles a sí mismos, a Porfirio  a las instituciones y al propio Presidente. Fue capturado y asesinado después de un golpe de estado encabezado por Félix Díaz, Bernardo Reyes y Manuel Mondragón, a los tres los unía como a las hienas y zopilotes, cualidades muy claras, estaban formados en el  Porfiriato, y resurgieron como traidores y resentidos contra un régimen democrático emanado del hartazgo social. El asesinato del Presidente Madero y del Vicepresidente Pino Suarez, escribe una de las páginas más oscuras de la historia moderna. Aparecen nuevamente características acendradas, la traición y crueldad. Son asesinados con inusitada crueldad y la complicidad de círculos cercanos al presidente y al embajador de Estados Unidos. Tiempo de zopilotes, así describen este pasaje los historiadores.

Es evidente que Díaz, debió morir fusilado, una muerte digna de su historia e investidura y su negro pasado y la historia habría hecho otro juicio de sus claroscuros. Es probable que en el fondo, era un hombre que bajo esa mascara autoritaria, cruel e implacable, se escondía otro ser humano. Ya en la vejez, atormentado y dominado por complejos, miedos, cobardía y el temor a rendir cuentas. Huyó, murió pocos años después en su lecho, asistido por su esposa, que jamás pudo repatriar su cadáver a México.

A Días, nunca lo alcanzó la justicia, pero tampoco ha sido absuelto por el implacable  juicio de la historia. Aun hoy en día, hay corrientes de las nuevas generaciones, que añoran el Porfiriato, por aquellos logros macroeconómicos muy conocidos, como tener el dólar y el peso mexicano a la par, sin deuda externa y finanzas públicas sanas. Es aceptable su visión, es respetable su postura. Sin embargo, esto es inaceptable porque desprecian el balance del Porfiriato. Terreno donde se puede medir en toda su dimensión y evaluar sus alcances y daños a México. Así como se reconoce el logro macroeconómico, no se puede dejar de lado la parte humanista. El desprecio infinito hacia la justicia social y el desarrollo humano, es un precio que el país sigue pagando y continuará pagando durante muchas décadas.

México, al concluir el Porfiriato tenía un censo de 15 millones de habitantes (INEGI, cifras oficiales). El 82% era analfabeta, poco más de 12 millones de personas, en solo 300 familias concentraban la riqueza nacional y el Presidente de la República, manejaba el poder, el erario y la justicia de manera unipersonal y autocrática. En la ciudad de México, que se esperaría un mayor Índice de Desarrollo Humano, sólo el 37% no era analfabeta. Las decisiones de un solo hombre,  privilegiaron a 300 familias y dañó a 12 millones durante 34 años. Más allá de los 19 mil kilómetros de vías férreas, obras públicas y monumentos históricos, se matizan por la estela de 12 millones de seres humanos explotados y dejados a su suerte, que arrastró durante 34 años de tiranía. Ese es el verdadero balance. No le quitamos méritos, pero tampoco responsabilidades, el juicio de la historia ha sido implacable.

Hubo cambios, nuevos caudillos, nuevos poderes, pero ninguna transformación de fondo, una verdadera democracia. La secuela, un sistema autoritario, corrupto y antidemocrático de partido de estado, que prevaleció por casi 80 años.

Hoy se habla de 4T, parece ser que debe ser la primera y como van las cosas, los hechos dicen que habrá cambios, pero la verdadera transformación parece que tendrá que esperar, ¿cuánto? No tenemos esa respuesta. Conocer algo de la historia puede ayudar a no repetirla. Es a lo más que se puede aspirar.